Opinión
Por Redacción , 30 de enero de 2023 | 11:59

Columna de opinión: Cambio de hábitos

  Atención: esta noticia fue publicada hace más de 60 días
Para que la industria del turismo florezca es fundamental tirar anzuelos, pero nunca envenenados. Crédito: redes sociales.
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El año pasado se hizo espeluznantemente famoso un restaurante de Angelmó por cobrar 162 lucas por un almuerzo consistente en cuatro pailas marinas, un plato de salmón, otro de merluza, otro de pollo, un chupe, seis bebidas y dos jugos. Además, la propina consistió en $14.800.

Hace poco, desde el conocido recinto puertomontino surgieron voces de los locatarios asegurando que el abusivo suceso no se repetiría este verano y que el responsable del exabrupto había sido enviado a freír monos y pescados al África subsahariana.

El hecho fue un buen ejemplo de lo que no se debe hacer en ningún orden de cosas, menos cuando se trata de atender a turistas.

 En realidad, fue un mal ejemplo, que podría servir de lección a todos los que intentan pasarse de listos, pero que, lamentablemente, como mensaje no ha llegado a todos los que debiera.  

Hace pocos días, un joven capitalino que eligió el sur para pasar sus vacaciones en solitario, tras un estudiado pacto con la polola de irse cada uno por su rumbo, salió a dar una vuelta por la costa valdiviana y se encontró con que en un punto que no es de los más concurridos, ofrecían un paseo en lancha.

 Le gustó la idea, hasta que el comandante del buque, quien no ofrecía ni un vaso de chicha a bordo, le habló del precio. Pedía 70 lucas. Así, sin arrugarse ni mover un músculo de su cara de cemento. 

Cuando el visitante mostró su sorpresa, el Jack Sparrow local accedió a bajarse a 60 mil pesos. 

Muy santiaguino seré, pero sé que no es un crucero por las islas griegas y me parece que este caballero me está confundiendo con Elon Musk. No hubo trato.  

Así no se puede hacer turismo. Para que la industria florezca, es fundamental tirar anzuelos, pero nunca envenenados.

 Hay que cautivar con precios justos, buena atención y con lo mejor que cada uno puede ofrecer, ya sea en materia gastronómica, de alojamiento o de exhibición de los encantos de la zona. De lo contrario, el visitante no vuelve jamás y más encima se va a dedicar a contar a sus familiares, amigos y cercanos lo mal que lo pasó cuando lo estafaron o intentaron hacerlo.

Hace poco más de 60 años, se jugó en nuestro país un Campeonato Mundial de Fútbol y los pocos hinchas que vinieron del exterior se fueron hablando tanto de Leonel Sánchez y Jorge Toro como de los frescos que intentaron hacerse ricos de la noche a la mañana a costa de ellos, materia en la que destacaron taxistas que ponían una bandera sobre el taxímetro y luego paseaban al pasajero por todo Santiago antes de llevarlo a su destino. Fue una de las cosas feas que dejó nuestro mundial.

No solo los extranjeros han sido víctimas de estos frescolines, porque al que le encuentran cara de acampao al tiro se tiran al dulce.

 Pasa mucho en Santiago, pero también en otros lados, como en Concepción, donde una vez un conductor quiso hacerme un tour sin saber que la ciudad la conozco bastante bien. Hubo conato de conflicto, pero terminamos arreglándonos a la buena y le pagué lo que ambos creímos ajustado a la realidad. 

Como están los tiempos, hay que tratar de ser solidario y una de las formas de conseguirlo es cobrar lo justo cuando uno ofrece un servicio o un producto. 

No se puede tratar de pasarse de listo, porque, como ya dijimos, el tiro va a salir por la culata. Cobrar en exceso es pan para hoy y hambre para mañana.

Pongo algunos ejemplos. Hasta antes de la crisis financiera que nos afecta a nivel del mundo mundial, eran pocos los ciudadanos que libreta en mano recorrían los supermercados para anotar precios y compararlos con los de otro local. Ahora se ve más gente haciendo ese ejercicio.

No queda otra. Tal como se ha hecho impostergable prescindir de aquellos productos que no resulten imprescindibles en el hogar. O dejar de lado algunos gustitos que nos dábamos cuando podíamos, tipo chocolate europeo, café ultra pirulo, destilados envasados en origen, carnes sin una gota de grasa, en lo referido a la boca, además de vestimentas de gran marca, algún objeto secamente suntuario y, en fin, todo lo que puede quedar a la espera de mejores días.

Ahora hay que privilegiar los medicamentos y todo lo relacionado con la salud, cuando se puede, porque de lo contrario no nos queda más que ponernos a la fila y esperar el milagro de que avance con fluidez. 

Y pobre de nosotros cuando nos recetan algún fármaco que no esté considerado en el sistema público ni en el Auge-Ges. Para muchas personas se hacen inalcanzables y las consecuencias pueden llegar al extremo más doloroso. 

Hasta el recorrido por la feria se hace con las antenas bien paradas. Si antes de la pandemia nos alcanzaban 20 lucas para llenar el carrito y un par de bolsas, ahora hay estirar el presupuesto con sabiduría y aún así la merma es evidente.

 El carro no saca ni guata y sus ruedas no chillan como antaño, cuando reclamaban por el exceso de peso.

Sin embargo, a pesar de que todo este panorama nos ha obligado a cambiar ciertos hábitos y costumbres, en el país continúan ocurriendo cosas que llegan a ser inexplicables para el común de la gente. 

Por ejemplo, no fallan los conciertos de los Mozart del siglo XXI, los reguetoneros, con precios desmesurados, y en el mediocre campeonato nacional de fútbol ni se arrugan para cobrar 15 o 20 lucas por una galucha y lo peor es que los fanáticos llegan igual.

¿Esa gente habrá dejado de comer por ir a escuchar susurros incoherentes o a ver ensaladas de patadas de puntete?
Para ellos parece que no ha habido cambio de hábitos.

Víctor Pineda Riveros
Periodista  

 

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