Opinión
Por Redacción , 28 de octubre de 2022 | 09:28

Columna de opinión: Halloween y la Santa Cruz

  Atención: esta noticia fue publicada hace más de 34 días
El empoderado y anglo Halloween dejó de lado la antigua e hispana tradición de la Cruz de Mayo. Crédito: imágenes referenciales.
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Por Víctor Pineda R.

La globalización y una de sus consecuencias inmediatas, la universalización de aspectos culturales, costumbres, modas y tendencias, nos envió envuelto en papel de regalo la muy anglosajona celebración de Halloween.

Copiones y consumistas como somos, aunque andemos con una mano por delante y otra por detrás, no demoramos en hacernos parte de la fiesta. 

La palabra Halloween, según explica Wikipedia, es una contracción de la expresión inglesa “all allows’ evening”, que en español debe traducirse literalmente como “víspera del Día de Todos los Santos”. Así de simple.

El 31 de octubre era, en nuestro país, una fecha común y corriente hasta unos 20 o 30 años atrás, cuando la invasión de gringuerías, junto con el crecimiento económico del país permitió que saliera del estricto ámbito de los residentes anglosajones, especialmente estadounidenses, y de los colegios de habla inglesa para desparramarse hacia todos los rincones, incluyendo a los Riquelme, los Medina y los Poblete, sin distinción.

En un comienzo despertó bastante resistencia de sectores conservadores o religiosos, que asociaban a la fiesta con el horror, el mal, el pecado, la lujuria, el satanismo, la Garra Blanca, Los de Abajo y cuanta tendencia podía ser encasillada como enemiga de la civilización cristiano-occidental.

Lo que más enervaba a los críticos del jaloguín, así, a la chilena, era que se involucraba a los niños, que debían vestir ropajes de espanto y más encima salir a chantajear a los vecinos bajo la terrible amenaza de una travesura si no aportaban dulces a la causa.

Con el tiempo la situación se fue suavizando. Los detractores del festejo de fines de octubre comprendieron, de a poquito, que ningún cabro chico o cabra chica se iba a convertir en discípulo de Satán por haber salido un ratito a la calle disfrazado de bruja, de Godzilla, de momia, de Drácula, del Trauco, de Putin o del guatón Kim.  

Para los más grandecitos el asunto calzó perfecto. Había nacido otro motivo para un carrete de nivel 1, tan movido y regado como el 18 o Año Nuevo, solo que por una noche. Igual que sus hermanitos se visten de cuanta cosa fea pisa la Tierra, pero sus salidas son menos inocentes porque son de largo aliento. 

Por ahí algunas veces el festejo se escapa de control y termina con un episodio de auténtico dolor. Afortunadamente, hasta ahora han sido pocos, pero tal como están las cosas, con muchos malos de verdad, de esos que no necesitan vestirse como el Guasón para demostrar que son sicópatas, y más encima adueñados de las noches, los jóvenes van a tener que ser muy precavidos para no tocarse con ellos.

El Halloween, la fiesta gringa, ya está enquistada hasta nuestro tuétano y quizás hasta el final de nuestros días, porque el negocio que la rodea es tan inmenso que ya ha llegado a nuestro comercio la auténtica calabaza que por lo menos yo no conocía en persona y que es la que usan los yanquis para agujerearla con ojos triangulares y bocas de dientes cuadrados. Yo creía que usaban zapallos, como los que cocina mamá para enriquecer la cazuela. Las calabazas han sido grito y plata.

Lo demás, disfraces, juguetes, adornos, ya llevan harto tiempo en las vitrinas, mientras que los organizadores de fiestas fantasmagóricas saben muy bien que las ventas están más que aseguradas.

En fin. Ya me convencí de que el Halloween está lejos de ser una fecha temible, porque no pasa de ser una esperada fiesta para niños y jóvenes. Ninguno se va a convertir en el Hombre Lobo y a ninguno le van a crecer los dientes, salvo cuando tengan mucha hambre.

 Frente a todo esto, no he podido dejar de pensar en un acontecimiento similar que se vivió en el país desde los primeros días de la Colonia, la fiesta de la Cruz de Mayo. La historia comienza mucho antes, porque la Iglesia Católica celebra que el 3 de mayo del año 326 Santa Elena, madre del emperador Constantino, descubrió, en una peregrinación a Jerusalén, la auténtica cruz donde murió Jesús de Nazaret.

Con el paso del tiempo, la veneración sufrió muchísimos cambios y cuando los españoles la trajeron a América ya había diferencias en fechas y rituales.

Avancemos muchos años y situémonos en Chile, donde se hizo costumbre que la noche de cada 2 de mayo se organizaban pequeñas procesiones, en las que los más necesitados salían a recorrer las calles a pedir ayuda, especialmente en alimentos, portando una cruz y con ayuda de velas.        

Los fieles cantaban “Aquí va la Cruz de Mayo, visitando a sus devotos con un cabito de vela y un cantarito de mosto. Si lo tiene, no lo niegue, le servirá de algún daño, por no dar la limosna a la Santa Cruz de Mayo”. Claro, en mato hace frío, así que el jarrito de vino se hacía imprescindible.

Se paraban frente a una puerta y cantaba. Si les iba bien, se despedían entonando “Muchas gracias, señorita (o caballero), por la limosna que ha dado, pasaron las tres Marías por el camino sagrado” y aplaudían a los generosos.

En cambio, cuando no había respuesta, el canto final era con aire ofendido “Ésta es la casa de los pinos, donde viven los mezquinos, ésta es la casa de los tachos, donde viven los borrachos”. ¿Qué tal?

En mi infancia, hace unos pocos siglos, en algún lugar de la Araucanía, con un grupo de amigos armábamos nuestra propia procesión y salíamos con nuestra cruz al frente. Honestamente, era un juego y no lo hacíamos por necesidad. No nos faltaba, pero tampoco nos sobraba. Nuestras mamás ya sabían lo que les esperaba, así que nos esperaban con algún comistrajo. Nos instábamos por ahí a darle el bajo y luego calabaza, calabaza. En eso se parecía a lo que vemos hoy con el Halloween.

Años más tarde llegué a vivir a la zona del carbón, donde había mucha pobreza dura. Ahí descubrí que para numerosas familias salir con la cruz el 2 de mayo no era una entretención de niños satisfechos, sino una oportunidad de echarle algo a la olla. 

Generalmente el padre iba a la cabeza, con la cruz en alto, luego, la madre con las velas y un canasto y, más atrás, los niños soportando el frío.

No he visto una procesión de la Cruz de Mayo hace bastante tiempo. No sé si todavía aparece en algún rincón de Chile que no sea en el extremo norte donde, en algunos puntos, es una liturgia masiva.

En todo caso, solo formalmente tiene algo que ver con el empoderado Halloween.


 

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